CONVERSACIONES EN EL ZOOLÓGICO:
 

EL BESTIARIO CONTEMPORÁNEO DE MOICO YAKER
CARLOS GARCÍA-MONTERO



Bienvenidos al zoológico de Moico Yaker, un espacio donde los animales no solo nos observan, sino que también susurran, conspiran y, a veces, nos desafían. Sus cuadros nos invitan a una conversación sin palabras con criaturas que han sido testigos silenciosos de nuestra historia. Aquí, la línea entre lo humano y lo animal se disuelve, y lo que emerge es un bestiario contemporáneo que mezcla ironía, humor y una aguda reflexión sobre nuestro lugar en el mundo.

Inspirado por las conversation pieces del siglo XVIII, Yaker transforma la tradición del retrato en un escenario donde la aristocracia no es de linaje humano, sino de especies que reclaman su propia nobleza. Loros sobre elefantes, mandriles que juegan al El juego de la oca con ardillas, camellos encerrados en acuarios. En este zoológico, las jerarquías tradicionales se tambalean, dando paso a un nuevo orden donde la mirada del animal es tan inquisitiva como la nuestra.

La referencia a artistas como William Hogarth y Ustad Mansur no es casual. Yaker bebe de la ironía crítica del primero y la exuberancia meticulosa del segundo para crear un lenguaje visual que es a la vez lúdico y profundamente simbólico. Si en el siglo XVII los mogoles documentaban la naturaleza con una precisión casi mística, Yaker la reinventa con una sensibilidad que oscila entre la fábula y la crítica social.

Este bestiario también responde a un tiempo específico: el confinamiento global de 2020. Durante ese periodo, los animales volvieron a reclamar los espacios urbanos mientras los humanos se replegaban a sus refugios. Esa imagen de un mundo donde la naturaleza avanza en nuestra ausencia está presente en cada trazo de Yaker, en cada escena donde los límites entre zoológico, museo y hogar se desdibujan.

No es casualidad que esta exhibición tenga lugar en el Museo de Arte Contemporáneo, ubicado donde alguna vez existió el Zoológico de Barranco, un espacio que albergó criaturas de todo el mundo entre 1947 y 1970. Ese zoológico, con su aire de fantasía y domesticación de lo salvaje, es ahora un eco en la memoria limeña. En sus mejores años, fue un punto de encuentro entre la modernidad y el exotismo, una vitrina de la biodiversidad global en pleno corazón de Lima. Hoy, el MAC recoge ese legado, pero desde una perspectiva artística y conceptual, convirtiendo lo que alguna vez fueron jaulas y senderos en un espacio de reflexión y diálogo con el pasado y el presente.
La historia del Zoológico de Barranco es una historia de transformación. Fue un lugar de asombro para los limeños de mediados del siglo XX, un espacio donde los niños observaban hipopótamos, leones y elefantes, animales traídos de tierras lejanas para ser admirados. Pero con el tiempo, la visión de los zoológicos como meras colecciones de seres exóticos fue cambiando. El cierre del zoológico en 1970 marcó el fin de una era, y su desaparición dejó una huella en la memoria urbana. Hoy, Yaker recupera ese vestigio, reinventando el concepto de zoológico desde el arte.

Yaker juega con esa historia, transformando el recinto en un nuevo tipo de zoológico: uno donde las jaulas son lienzos y los animales, en lugar de ser exhibidos, nos enfrentan con su mirada. En sus composiciones, los animales no son meros actores secundarios, sino protagonistas de un drama visual que cuestiona la noción de cautiverio, la domesticación y la idea misma del espectáculo zoológico. En su universo pictórico, la lógica humana de dominación se subvierte: ¿quién observa a quién? ¿Quién es el prisionero y quién el libre.


Un símbolo imponente en esta serie es la aldaba con forma de león. Con su expresión hierática, este objeto funcional se transforma en una máscara de poder y vigilancia. Nos recuerda que los límites entre lo doméstico y lo salvaje, entre lo humano y lo animal, no son tan sólidos como quisiéramos creer. Como Jacques Derrida nos advertía, la mirada del animal no sólo refleja nuestra humanidad, sino que también la cuestiona. En este juego de roles, el humano se convierte en un ser examinado, juzgado por aquellos a quienes ha intentado definir y controlar.

A lo largo de la historia del arte, los animales han sido utilizados como símbolos, proyecciones de nuestros miedos, deseos y contradicciones. Desde los bestiarios medievales hasta las alegorías de Pieter Brueghel, han servido como espejos deformadores de la condición humana. Yaker se inscribe en esta tradición, pero lo hace con un giro subversivo: sus animales no son meras figuras metafóricas, sino protagonistas de su propia historia, desafiando nuestra percepción del mundo.

En esta exhibición, cada pintura es un relato autónomo que dialoga con el espacio del MAC y con la memoria del zoológico de Barranco. La sensación de lo onírico y lo absurdo es persistente, como si estuviéramos recorriendo una historia paralela de la ciudad, una Lima habitada por seres que nunca debieron estar aquí, pero que ahora reclaman su sitio. En su universo, una garza no es sólo un símbolo de vanidad, sino un guardián de un mundo que ya no nos pertenece. Una vaca no es una criatura pesada y torpe, sino un espectador paciente de nuestro desorden. La pintura se convierte en un espacio donde la animalidad no es una metáfora, sino una afirmación.

Este juego entre realidad y ficción se refuerza con la ubicación de la exhibición. Caminar por el MAC, en lo que alguna vez fueron los terrenos del zoológico, es recorrer un espacio que ha mutado de función, pero que aún conserva un aura de su pasado. ¿Podemos imaginar los rugidos de los leones o el barrito de los elefantes en medio de las salas de exposición? Yaker nos obliga a recordar que el arte, al igual que los espacios urbanos, está en constante transformación, y que los ecos del pasado nunca desaparecen del todo.

Cada pintura de esta serie es una fábula visual, un relato que nos confronta con nuestra relación con lo otro, con lo animal, con lo silenciado. Como en los laberintos de Borges, donde los tigres acechan en los sueños y los espejos multiplican las identidades, el zoológico de Yaker nos deja con una inquietante certeza: tal vez nunca fuimos los amos del mundo, sino simplemente sus visitantes más efímeros.

El zoológico sigue abierto. ¿Entramos o nos quedamos afuera?