|
HISTORIA NATURAL (fragmento)
PLINIO EL VIEJO
El mayor y el más cercano a los
humanos por su sensibilidad
y sentimientos es el elefante.
En efecto, reconocen el lenguaje de su
patria, obedecen las órdenes, tienen memoria de las tareas
que han aprendido, deseo de amor y de gloria, y aún más,
cualidades que son raras incluso en el hombre, bondad,
prudencia, equidad y también culto a los astros y veneración
al Sol y a la Luna. Cuando la luna nueva, las manadas de elefantes
descienden al río y allí se rocían solemnemente con agua
para purificarse y que, tras saludar de esta forma al astro,
vuelven a los bosques, llevando ante ellos a sus crías fatigadas.
Se cree también que, por tener conocimiento de los sentimientos
religiosos de los demás, cuando están a punto de realizar una
travesía marítima, no suben a la nave hasta que su guía les
promete su regreso bajo juramento. Se los ha visto también,
agobiados por un malestar, arrojar hierbas hacia
el cielo tumbados boca arriba, como si tomasen a la tierra
por testigo de sus plegarias.
Está atestiguado que un elefante de
inteligencia algo lenta para comprender
lo que se le enseñaba, fue descubierto
por la noche mientras practicaba lo aprendido.
También es admirable que suban por una cuerda.
Se atestigua que uno de ellos aprendió a escribir
los trazos de las letras griegas y que solía escribir en palabras de
esta lengua: «Yo mismo he escrito esto».
E igualmente, que ante sus ojos en Putéolos unos elefantes,
al ser obligados a bajar de una nave, aterrados por la longitud del
puente
que se extendía lejos de tierra firme, marchaban vueltos hacia atrás
para
engañarse en la apreciación de la distancia.
Saben que el único trofeo que se busca de ellos consiste en sus
defensas, los colmillos.
Por este motivo, entierran los que
se les caen, bien por algún accidente, bien por la vejez.
Se cuenta que el elefante, al encontrarse por casualidad en el desierto
a un hombre absolutamente perdido, le muestra incluso el
camino, compasivo y tranquilo.
Los elefantes siempre marchan en manada.
Encabeza la columna el más viejo y la cierra el más cercano en edad.
Para atravesar un río mandan delante a los más pequeños,
para que no crezca la profundidad del agua al hundirse el
cauce por la entrada de los mayores.
Por pudor no se aparean sino a escondidas; el macho, a
los cinco años, la hembra, a los diez. Según se dice, se
acoplan cada dos años, cinco días cada año y no más; al
sexto día se bañan en un río y antes de esto no vuelven a la
manada. No conocen el adulterio ni libran entre ellos por las
hembras combates funestos. Hay pruebas del amor de todos ellos:
alegría por la presencia del amado, caricias espontáneas,
monedas, que la gente les había dado, guardadas y echadas en
el seno del amado. Y no hay que admirarse de que tengan
sentimientos amorosos, ya que tienen memoria.
Se cuenta que es tan grande la clemencia de este animal
hacia los menos fuertes, que en una manada de animales
aparta con la trompa a los que se ponen delante para no
aplastar a ninguno por descuido. Y no hacen daño a no ser
que se los provoque, y ello a pesar de que siempre marchan
en grupo y, de todos los animales, son los que menos andan
solos. Cuando se ven rodeados por enemigos, recogen en
el centro de la manada a los débiles, cansados y heridos y,
como si lo hicieran cumpliendo órdenes o por táctica,
se sustituyen por turno.
En el África los cazan mediante fosas y, si alguno cae en ellas
extraviado, los demás amontonan enseguida ramas, hacen rodar
enormes rocas, forman terraplenes y tratan de sacarlo
con todas sus fuerzas.
Las hembras de la especie de los elefantes son mucho más temerosas.
Por lo demás se enfurecen especialmente en la época del apareamiento
e incluso destruyen con sus colmillos los establos. Por ello les
impiden el apareamiento y separan los grupos de las hembras,
a las que cuidan del mismo modo que al ganado mayor.
La gente cree que gestan en su seno
durante diez años; Aristóteles piensa
que durante dos y que no engendran
mas que una cria y que viven doscientos años y algunos,
trescientos.
Su madurez comienza a partir de los sesenta años.
Fragmento trabajado por el artista para la exposición, a partir del
texto original de Plinio el viejo (23-79 d. C.), Naturalis historia,
Libro VIII. El naturalista romano escribió una vasta enciclopedia de 37
libros que compendia el saber del mundo antiguo —desde la zoología y la
botánica hasta la geografía y el arte—, consolidándose como uno de los
primeros esfuerzos sistemáticos por organizar el conocimiento humano.
|