El tiempo de tránsito de Conversaciones en el zoológico

Estoy esperando la vuelta del gato desconocido
que cruzó el alféizar de mi ventana.


El alféizar corre a lo largo de varias ventanas. No tiene
otro camino. Volverá
y esta vez mi imagen será más cordial.

José Watanabe

Conversaciones en el zoológico, de Moico Yaker (1949), es una exposición sorprendente. A través de cerca de 70 piezas, entre pequeño, mediano y gran formato, Yaker deja que irrumpan los animales en su pintura hasta que estos dominen por completo todos sus escenarios. Con ello, interpela su conocida predilección por otras maneras de aproximarse a la pintura, asociadas a los íconos o a la historia, para optar por otro planteamiento. Las representaciones de animales a las que asistimos invitan a imaginar un universo en donde el espectador experimenta una sensación de tiempo de tránsito. Se trata de un tiempo cualitativo cuya experiencia requiere de un nombre aún por definir. Sin algún criterio y preferencia, cualquiera de las escenas que pueblan esta muestra bien podrían orientarse hacia nuevos contextos heterogéneos entre sí. Por otro lado, el horror vacui, es decir, el miedo al vacío propio de las estéticas barrocas, surge ahora de cara al conjunto mismo de la puesta en escena de la exposición.


De alguna manera, Yaker nos invita, en pleno siglo XXI, a pensar nuevamente el vínculo con una naturaleza, a estas alturas, exhausta y cansada. Mi impresión es que en esta serie de trabajos busca un planteamiento a contrapelo, por un lado, de una historia natural tradicional y, por otro, de una trama teológica de vertiente humanista. Nos señala hacia algún tipo de saber e ilustración póstuma, aún por aclarar, que se mueve entre el génesis y el apocalipsis, si tuviéramos que asumir una perspectiva religiosa. No solo porque el planeta y su naturaleza han sido arrinconados por la expansión insostenible de industrias, máquinas, mercancías y múltiples residuos. Incluso si los afiebrados procesos de explotación de recursos naturales propios del capitalismo financiero, cuya consecuencia más directa es la deforestación y el cambio climático, nos volvieran a colocar, una y otra vez, frente a una atmósfera pandémica de incertidumbre, incluso así, este proceso de aprendizaje sería algo más que un retorno episódico a dicho momento. Por el contrario, para Yaker, el pasado es, entre otras cosas, el statu quo de un «zoológico» que se precia de exhibir animales en cautiverio, sin un respeto por el «Otro». La crítica a esta institución, heredera de las pautas rígidas de la ciencia del siglo XIX, invita a encontrar nuevos sentidos para el zoo . No obstante, antes que eso, la pintura de Yaker apunta hacia otro lado. Y aunque, paradójicamente, la pandemia haya traído consigo otro tipo de encierro al mostrar, directamente, un extraño presente asociado a la debilidad del sistema inmunológico del cuerpo humano frente a distintos virus, el tiempo que se abre ahora, de pronto, permite plantear un sentido de gran interregno, es decir, de un tránsito al que estas conversaciones quedan, quizá sin proponérselo, articuladas.


Así, en este breve ensayo desarrollaré, en (1) el planteamiento del encierro inicial y cómo este produce ciertas preguntas para caracterizar a las demás imágenes de la serie. Para en (2) deslindar y tomar partido respecto del sentido de la presencia humana en la serie y entrar a la discusión acerca del uso de estrategias alegóricas y otras figuras del desplazamiento —metonimias— en su producción. Y, con ello, entrar a definir mejor otra articulación, esto es, la que ocurre entre el horizonte lúdico de muchas de estas pinturas y la manera en que el animal se convierte en sujeto. Y, de vuelta, ir hacia el lugar de enunciación desde donde este cambio es posible. A continuación, en (3) se discute este encuadre a propósito de las ideas de Jacques Derrida sobre el animal y su vínculo con distintos tipos de sujeto. Por último, en (4) se establecen las conclusiones del ensayo.

1. Encierro, implosión y deriva

El periodo de emergencia sanitaria entre 2020 y 2021 constituyó, en todo el planeta, un parteaguas. De alguna forma, agudizó los procesos de globalización en curso, mientras muchas vidas llegaban trágicamente a su fin. Las claves económicas y políticas, en cuyo centro el encierro de los ciudadanos se hizo posible, muy pronto fueron denunciadas por el pensamiento crítico. Por poner un caso, en un texto publicado al calor de los acontecimientos, el filósofo Giorgio Agamben (2020, p. 33) escribió el 11 de marzo de 2020: «Es posible, dada la inconsistencia ética de nuestros gobernantes, que estas disposiciones se dicten en quienes las han tomado por el mismo temor que pretenden provocar, pero es difícil no pensar que la situación que crean es exactamente la que los que nos gobiernan han tratado de realizar repetidamente: que las universidades y las escuelas se cierren de una vez por todas y que las lecciones sólo se den en línea, que dejemos de reunirnos y hablar por razones políticas o culturales y sólo intercambiemos mensajes digitales, que en la medida de lo posible las máquinas sustituyan todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos».

El ethos de la pandemia, quizá hoy en el año 2025, se mire desde lejos y con otros ojos. Pero lo cierto es que desde la entronización de la escala «digital» como algo regular y sostenible para las interacciones humanas de todo tipo hasta el auge de la inteligencia artificial se puede plantear una continuidad sorprendente. El tiempo de pandemia fue esa bisagra, ese tránsito con consecuencias, ese flujo que hasta hoy nos alcanza, con efectos no descifrados del todo para el terreno de una lectura desde las sensibilidades en juego. Sin embargo, para quienes sobrevivimos, se convirtió, muy pronto, en un sorpresivo punto de llegada y cancelación de muchos proyectos, así como también de energía sorprendentemente renovada para posibles adaptaciones de los mismos, y mejor aún, para el hallazgo de nuevas direcciones del sentido de las cosas. En el Perú, desde el 16 de marzo de 2020, el Estado implementó como medida de emergencia sanitaria que el ciudadano no debía salir de casa. Así también ocurrió en muchos otros países, un poco antes o un poco después, según el virus seguía expandiéndose por todo el globo.

1.1 El rinoceronte y la mosca




Fig. 1. Rinoceronte, 2022, óleo sobre tela, 166 × 140 cm

Algo de toda esta situación se ha trasladado a alguna de las pinturas de la serie. En Rinoceronte, 2022 (Fig. 1), se exhibe una representación de este increíble animal. Aparece, de manera recurrente, en cada cuadrado azul ultramar. Son veinte imágenes que muestran al animal en distintas posiciones dentro del recinto: arriba, abajo, a veces más cerca y otras más lejos. En muchos casos, el cuerpo del rinoceronte se sale de cuadro, como cuando en algunas fotografías este queda cortado y solo se puede ver parte de su cabeza o de sus extremidades. Sin duda se trata del uso de una técnica de transferencia de la imagen para poder trasladar/imprimir figuras semejantes sobre el lienzo, una y otra vez . Todas las veinte representaciones del rinoceronte que constituyen esta pintura están en un gran y convencional rectángulo pictórico, cuya proporción es de cinco para altura por cuatro para el ancho. Sin embargo, cada una de las «casas» del animal, por así decirlo, asume la forma de un cuadrado. El rinoceronte parece caminar, con ansiedad, por techos, paredes y bordes. Los bordes de cada «casa» están pintados de dorado, ocre y blanco para recibir a un insecto rojo, es decir, a una vaquita de San Antonio, también conocida como mariquita, y esta parece fluir casualmente y sin presiones. Anda por fuera libre e irregularmente. En cambio, hacia adentro, junto al encierro del rinoceronte, un rígido patrón visual de moscas imita la proporción de la retícula exterior, ordenadamente, como en un ejército anónimo de bichos en formación marcial. La figura del rinoceronte, entonces, se superpone a esta retícula, la rodea, parece olerla. Vive con sus moscas, está absorto en su situación, perdido, ¿logra dialogar con ellas? De alguna manera, cuando una estructura apunta hacia algún tipo de repetición de acuerdo con un ritmo y proporción, la imagen puede atrapar al observador, incluso sin proponérselo. Y esto porque, de pronto, alcanza una atmósfera hipnótica y enuncia, de manera más visual que conceptual, un buen número de preguntas cuyas respuestas y variaciones están en muchas de las pinturas con las que Moico Yaker, en Conversaciones en el zoológico, deja en vilo a varios de sus interlocutores. Aquí algunas de estas: ¿cuál es el vínculo entre lo grande y lo pequeño? ¿Entre el grande, pesado y terrestre rinoceronte, y las pequeñas, ligeras y aéreas moscas? ¿Entre lo uno de aquel y la multiplicidad de estas? Si bien lo pequeño repercute en lo grande, como una piedra arrojada al centro de un estanque de agua, todavía el sentido de este vínculo queda aún por dilucidar. ¿Hablan estas piezas a diferentes escalas, en frecuencias alternativas y en distintos tonos? Y si esto es así, como en el caso de este rinoceronte, quizá surjan por ello otras entidades no humanas que se juntan en grupos y constelaciones heterogéneas en muchas de las piezas de esta exposición.

1.2 El interior, el exterior y sus límites
El discurso que abre esta indagación, pues, sitúa el tenor de estas preguntas para, a continuación, poder abordar todo el conjunto. En un nivel general, interno, la condición terrestre del rinoceronte se confronta con la condición aérea de las moscas. Y, sin embargo, afuera, la lúdica libertad del insecto rojo, la mariquita, nos señala hacia afuera de los marcos y límites del encierro. Por ello, la contraposición entre interior y exterior, entre adentro y afuera, redefine cada ámbito de la superficie pictórica, de acuerdo con determinados intereses expresivos. En este último sentido, ¿es acaso el rinoceronte una «alegoría» de la condición humana? ¿O será, más bien, una «metonimia»? ¿O quizá ambas? Para dilucidar este punto, resulta preciso entrar a la confrontación con estas opciones.

2. El sujeto humano: su presencia bajo distintas figuras

2.1 Las opciones de la pintura contemporánea
En la década de 1980, en el contexto internacional, luego de lo que podría llamarse, no sin cierta ironía, el invierno del conceptualismo, ocurrió un retorno a los grandes formatos de la pintura, simultáneamente en varios lugares. A Yaker se le asoció rápidamente al despliegue pictórico de la Transvanguardia italiana . No obstante, muy pronto su pintura, además, detonó con una presencia pública, en la que la alegoría surgió como un recurso visual y conceptual . En síntesis, el terreno de su visualidad quedó vinculado a cómo cambiarle de signo a determinadas representaciones que, sobre la base de una intensa circulación, pasaron hace un buen tiempo a formar parte del imaginario social, en contextos específicos, portando distintos significados según sea el caso. Es decir, tomar prestada una imagen —u objeto— que ya existe previamente con una carga de sentido determinada, a manera de «cita», para luego someterla a otros contextos visuales aportados por el discurso del artista . Contextos sobrecargados de elementos, asociados a la delimitación barroca del juego entre interior y exterior, para adquirir distintos sentidos según su ubicación en la superficie pictórica. Willy Thayer (2007, p. 106) lo presenta así: «La alegoría constituye “la ley estilística del barroco”. Este enunciado […] requiere poner a distancia el tímpano clasicista y romántico que en cuanto oye la palabra alegoría, la convierte en “un recurso para expresar un concepto”, o en un “ejemplo particular que ilustra un principio general”». En otras palabras, los elementos visuales del barroco demandan poner entre paréntesis tanto la clave clasicista de la representación naturalista y mimética como aquella otra romántica, pues ambas la encasillan como si fuera la ilustración de un concepto. Al salir de dicho encuadre y darle carta de ciudadanía a la alegoría como una figura visual que, de manera autónoma, absorbe el contexto de época —histórico y poético—, la misma queda asociada a un sujeto de enunciación situado —el artista— que sea capaz de buscarla y encontrarla. Incluso en objetos y figuras no humanas. Así, por ejemplo, en este encuadre una serpiente puede convertirse en una alegoría de un acontecimiento específico y alimentar una narrativa que solo podrá construirse en relación con el sujeto humano.
Pero en el arco temporal que va desde 1991 hasta 2020, muchas cosas pasaron en la pintura de Yaker. Si bien para la década de 1990 su pintura, en continuidad con una búsqueda de la década anterior, había logrado unir lo efímero del acontecimiento con lo permanente de una memoria histórica en continuo conflicto; un poco después, lo mítico ingresaría a su pintura. Así lo piensa Gustavo Buntinx (1996, p. 21), quien, al observar algunos títulos de sus obras, dice que estos conducen a «oblicuas alusiones a la violencia [porque] la realidad pictórica que estos cuadros tensionan desplaza hacia un registro temporal y mítico cualquier comentario a situaciones más inmediatas». En consecuencia, de lo que se trató —al menos en ese momento— fue de proponer algún sentido orientador y vinculante en un contexto de deriva y violencia política . Y, con ello, señalar hacia una dirección en donde la investigación de referentes de distinto tipo permita una discusión más amplia. Para leer ese tránsito, Buntinx remata de esta manera: «En tan solo dos años, sin embargo, esa preocupación deriva hacia el cauce expresivo de la pintura narrativa y alegórica. Una narrativa de historia, una alegoría del poder. De sus múltiples y entrelazadas construcciones: tal vez el tránsito decisivo se da cuando Yaker descubre que vestir a sus personajes es también envestirlos». Pero Yaker no solo utiliza la alegoría, sino también la metonimia. Esto es, sentidos que se transfieren entre elementos visuales por asociación y proximidad, dentro de un determinado encuadre, para señalar aspectos cotidianos y heterogéneos entre sí.
La producción del artista, entre los años 2000 y 2020, todavía podía leerse en concordancia con esta mirada, según un encuadre neobarroco de cómo «Yaker es el narrador de enfrentamientos y guerras, de sucesos políticos y mitos religiosos, de capítulos de nuestra historia prehispánica, colonial, republicana y universal. Hizo hablar a los cardenales, a los soldados, a los héroes, a la bandera, y a los uniformes militares, a la naturaleza, a los árboles y mariposas, a las parihuanas, a los burros y a los enseres cotidianos» . La pregunta es ahora: ¿hay algo que, propiamente, haya cambiado desde 2020 en este cruce de caminos?, ¿el ingreso de los animales al taller del artista, por así decirlo, ha significado un cambio en su mirada? Si se regresa, por un momento, a las preguntas planteadas por El rinoceronte, previamente analizada, resulta clave diferenciar entre el horizonte anterior de trabajo visual y el nuevo que surge en Conversaciones en el zoológico. Sobre todo, de cara a establecer un vínculo entre la presencia y/o ausencia del sujeto humano en la aparición de sentidos que, eventualmente, se puedan atribuir a la interpretación de las imágenes.


2.2 Los límites del juego humano
 


Fig. 2. El juego de la oca, 2020, óleo sobre tela, 180 × 272 cm

En este punto, propongo la hipótesis de cómo la contemporaneidad de la pintura de Yaker, desde el 2020, va al encuentro de un momento distinto. Para deliberar sobre este tránsito resulta clave mirar de cerca dos pinturas realizadas en 2020 y 2021, El juego de la oca y El pato, respectivamente. Pues mientras en la primera incluso el lugar de enunciación de Yaker requiere de un análisis que se pregunte por su condición creyente de la religiosidad judía, por otro lado, en la segunda, el encuadre alegórico y expresivo de su mirada ahora se encuentra desplazado no solo hacia una gran narrativa, sino que, al menos en apariencia, en dicho relato, el sujeto humano se ha retirado y la pregunta necesariamente es qué significa este retiro.


Pero no nos adelantemos. En El juego de la oca, 2020 (Fig. 2), el título alude a un entretenimiento de mesa que se juega con dados. En la imagen, se observa a la izquierda un gran roedor, a la derecha un mandril y en medio un tablero con un buen número de viñetas. Se trata de 63 casillas numeradas cuya forma de laberinto y caracol debe ser recorrida por lo que, se deduce, es la ficha de cada participante: un jinete encima de su caballo. Es importante tomar nota de cómo en el espacio exterior al tablero solo se encuentran ambos animales de colas largas. En otras palabras, observar cómo el resto del espacio pictórico —distinto al que ocupa el tablero y sus jugadores— solo exhibe un sencillo arreglo ornamental. Si bien el lugar del gran roedor y del mandril es exterior al tablero, dicho ámbito, al no estar caracterizado por ninguna otra representación, surge como un enigmático afuera de la realidad humana, propia de la narrativa del juego. Pero ¿cuál es dicha narrativa? Allí el espectador descubre que Yaker ha tomado literalmente las 63 imágenes de otro juego de mesa semejante, la de El judío errante. De manera que la pregunta por el vínculo entre ambos juegos es la primera que uno debe responder. Pero antes de responderla completaré alguna idea descriptiva de esta pintura, pues la misma es central en la economía visual y discursiva de Conversaciones en el zoológico.
Mi impresión es que la presencia de ambos animales —el gran roedor y el mandril— plantea la existencia de un borde entre el interior y el exterior del tablero. Es decir, esta exterioridad señala hacia la existencia de una instancia metadiscursiva, de poder, precisamente, en la que la historia que se cuenta en las viñetas del juego se decide a cada paso. En esta instancia, la presencia propiamente animal y no humana instala el universo en el que el lector/intérprete de la exposición en su conjunto se va a situar necesariamente. Esta comprobación, por tanto, establece un vínculo entre el sujeto de la enunciación de estas pinturas, y aquel que tiene que mirarlas. Por otro lado, en las viñetas del juego El judío errante, este aparece representado convencionalmente como un hombre viejo, barbudo, harapiento, a veces con un bastón y otras veces más joven, sin este. De alguna manera, la metonimia que desplaza el juego de la oca hacia el de El judío errante, de una manera lúdica y crítica al mismo tiempo, resulta una cita que señala un juicio respecto a la tradición de antisemitismo en Occidente. Por detrás de una referencia aparentemente imaginaria, la de la oca, surge con fuerza otra narrativa. Así, fuera de los límites de este juego humano, por así decir, están ambos mamíferos, listos para lanzar los dados del destino del condenado al exilio permanente. Existe también el antecedente del texto del escritor francés Eugène Sue (1807-1857), cuya novela titulada El judío errante, entregada en la modalidad de una publicación periódica, llamada feuilleton, supuso un éxito comercial sin precedentes para un público que había crecido a escala urbana. Con razón, Walter Benjamin ha escrito cómo algún tipo de literatura diferente, alegórica, solo podría surgir con fuerza si se conquistaba, en París, a aquellos nuevos lectores que, desde mediados del siglo XIX, habían aparecido . Este público nuevo, distinto y bizarro en sus gustos, el burgués, había llegado para quedarse. Y, tanto desde un encuadre visual como literario, en palabras de Benjamin, dicho público debía ser tomado por asalto, por así decirlo. Que Yaker haya usado como referente visual el juego de El judío errante y su iconografía, y con ello regrese al momento preciso en que el antisemitismo cristiano se expande por Europa, es más que significativo. En la novela de Sue, la figura del judío es denostada y condenada, por su participación en la crucifixión de Jesús, a una deriva metafísica; esto es, a deambular por el mundo desde el siglo I hasta el siglo XIX, a través de varias generaciones. El nuevo tipo de público que, en París, consume los relatos por entregas crece al mismo tiempo que los habitantes de la urbe. En el siglo XXI, en el momento pospandémico, se ha consolidado también otro tipo de público, sobre todo en Internet y a través de las redes sociales. Mutatis mutandis, un arco que va desde un sujeto de enunciación en el presente (siglo XXI) hacia el encuentro de este otro público, sus gustos y sus juegos, tal y como Benjamin lo presenta, es un fuerte indicador de cómo los cambios en los contextos de recepción ofrecen horizontes de sentido que son cruciales para la interpretación.

3. Conversación entre animales

Las citas visuales de Yaker, tomadas de diferentes archivos físicos y digitales, coinciden, además, con un momento de alta complejidad respecto al vínculo entre antisemitismo y Occidente. Un momento pospandémico en el que el régimen de guerra ha tomado por asalto la redefinición de un nuevo orden mundial. Por otro lado, según Yaker , cuando comenzó con el proceso de trabajo de toda la serie, en 2020, tomó prestado los esquemas visuales de las Conversation pieces, un género barroco de pintura de retrato de grupo para familias de la aristocracia europea, que existió en los Países Bajos, durante siglo XVII y en la Inglaterra del siglo XVIII . En dichas pinturas, la presencia humana, por ejemplo, en exteriores, era equilibrada con ocasionales animales en un entorno recargado de otros elementos. Si hubiera que seguir tal esquema, entonces, en el lugar de las personas estarían los animales y, marginalmente, podría aparecer cierta presencia humana, por aquí y por allá. De esta manera, Yaker deja que los animales entren en su taller, por así decir. Y, entonces, creará un universo de animales, si bien a partir de muchos referentes de láminas dibujadas por expertos . Sin embargo, no necesariamente el temple de dicho universo será el convencional.

3.1 La marginalidad del sujeto humano



Fig. 3. El pato, 2021, óleo sobre tela, 83 × 183 cm

De esta manera, en El pato, 2021 (Fig. 3), la multitud de figuras humanas ha sido desplazada hasta los bordes superiores del espacio pictórico y delimitada con una cinta amarilla, quedando aislada en una lejanía que casi coincide con la línea de horizonte. Se trata de una cinta en cuyo centro caminan libremente las hormigas para establecer un límite entre el mundo humano y animal, entre exterior e interior. Otra vez: del otro lado, en un paisaje de tierra y vegetación para humedales en el que se percibe la cercanía del agua, destacan, como motivo principal de la pintura, varias entidades —mono, lagarto, pequeñas garzas, flamenco de tres cabezas, un camello y una serpiente— mientras que, de este lado, una masa humana que apenas permite distinguir individuos ha sido colocada entre dicho paisaje y la línea de horizonte. La característica del universo de las entidades que desplazan al mundo humano a un borde marginal no está en correlación con alguna idea científica de la naturaleza, por ejemplo, asociada al funcionamiento de los ecosistemas, ni tampoco a cómo unas especies se sirven de otras en la cadena alimenticia, ni nada parecido a eso. En este caso, los animales en el paisaje de El pato surgen como una familia que, casi por azar, están juntos. Los diminutos camellos que caminan sin rumbo por el borde de una loma nos hablan del humor de Yaker respecto a esta suerte de deriva existencial. Más aún, una sombra humana cerca de un camello azul, fantasmática, invade este universo y por ello es atacada por un felino , ¿cómo así escapó del encierro humano.


Jacques Derrida (2008) se pregunta si existe en la tradición filosófica occidental algún discurso que recoja la posibilidad de la autonomía del animal, en algún universo posible. ¿Quién no ha sido visto por su gato, al estar desnudo, y haber sentido esa fuerte mirada? . Se ha reflexionado bastante sobre el animal, nos comenta; la gente los ha observado mucho, pero toda esta gente «nunca se ha visto vista por el animal» (2008, p. 29). Y esto es lo que más abunda, nos dice . Si bien en la pintura antes observada la multitud humana se retira y queda confinada, no hay un vínculo de mirada entre dicha multitud —entendida como sujeto humano— y el grupo de animales colocados en un entorno de paisaje. Por otro lado, si bien el pato está despierto, su ojo tampoco nos mira. Solo acompaña, de una manera aleatoria, a los demás animales. En la cita visual al género pictórico Conversation pieces del siglo XVIII, por otro lado, Yaker no solo invierte la lógica del protagonista visual, sino que, en El pato, también despliega humor. Todo ello en la medida que el referente de figura humana está tomado de la pintura latinoamericana de castas. De alguna manera, las familias de los aristócratas europeos son equiparados con familias mestizas bajo el régimen colonial. Una inversión que no está exenta, incluso, de ironía. Los grupos de animales, entonces, tomarán ahora protagonismo. Regresando a Derrida, su lectura nos hace ver que, al menos en esta pintura, la inversión no está completa. Aunque, de todos modos, la cinta amarilla (con hormigas) indica y establece un límite exterior, en este caso respecto de la multitud humana, para señalar hacia algún naciente universo; y, desde el otro lado, ahora convertido en un interior no humano, volver a mirar a una familia de animales liderada por un pato, en este caso. De ascendencia judía, Derrida utiliza dos narrativas distintas del Génesis. En la primera, mujer y hombre son creados juntos, en el sexto día. Y recibe enseguida la orden de someter a los animales: «al pez del mar, al ave de los cielos, a la bestia, a toda la tierra, a todo reptil que se arrastre en la tierra» (Derrida, 2008, p. 31) . En la segunda, los animales son creados primero y permanecen sin nombre hasta que el hombre es creado en el quinto día y será él quien les colocará nombres. Y, al día siguiente, la mujer es extraída de una costilla de aquel. En esta segunda versión, nos dice Derrida, «de un Dios que dirá yo soy el que soy sin saber lo que va a ver cuando un [U1.1]poeta que va a dar su nombre a los seres vivos entra en escena». El filósofo produce una suerte de teosofía o, en todo caso, una teología crítica, en la que, ante la retirada de la presencia humana, habría que regresar al Génesis, al tiempo sin tiempo . Pero también a un tiempo en el que a cada uno de los animales no se les ha fijado aún un nombre. Estamos ante un Dios que no sabe lo que va a ver y cierra su reflexión así: «Me pregunto a menudo si ese vértigo, en relación con el abismo de semejante para ver en el fondo de los ojos de Dios, no es el que me atrapa cuando me siento tan desnudo ante un gato, de frente, y cuando, cruzando en ese momento su mirada, oigo al gato o a Dios preguntarse, preguntarme: ¿va a llamar?, ¿va a dirigirse a mí?» (Derrida, 2008, p. 33).
 


3.2 Lo uno y lo múltiple.
 


Fig. 4.- Grupo de piezas. Sala 2. Exposición Conversaciones en el zoológico. 13 de abril al 6 de julio26 de mayo, 2025. Museo de Arte Contemporáneo de Lima (MAC – -Lima[D2.1]).

Es importante llamar la atención sobre el display de la exposición: el conjunto se presentó por grupos de piezas, en total diez. Y cada uno de estos grupos se desplegó en la sala de exhibición como en un gabinete de curiosidades. A su vez, los grupos mismos, si bien recogen una tensión interna entre su estética y las formas visuales, hacen posible descubrir correlaciones difíciles de identificar si se observa cada pieza por separado, como si se tratara de una estrella solitaria. Ante las preguntas: ¿cuál es el vínculo entre lo grande y lo pequeño?, ¿entre lo grande, pesado, terrestre y aquello pequeño, ligero y aéreo?, ¿y el vínculo entre todo esto, lo acuático y lo flotante?, resulta clave mencionar cómo más de uno de estos grupos exhiben vínculos en distintas escalas y en universos específicos delimitados, entre interior y exterior, pero también entre lo uno y lo múltiple.


Uno de los grupos de piezas, clave importante en la narrativa de sala, es aquel que constituye el último conjunto de pinturas del recorrido en sala (Fig. 4), si el usuario[D3.1] público camina desde la puerta de entrada y en el sentido de las manecillas del reloj, de izquierda a derecha. Coloca juntas a diez pinturas trabajadas entre 2022 y 2024 .
 

 


Fig. 5. Camello en acuario, 2022, óleo sobre tela, 174 × 205 cm
Fig. 6. Cisnes y co., 2024, óleo sobre tela, 137 × 151 cm


Un aspecto visual que ha surgido en muchas de las pinturas, entre animales y en un contexto de relaciones entre distintas entidades, es el vínculo entre lo que delimita a una entidad y aquello otro, múltiple, que la interpela. Si se compara Camello en acuario, 2022 (Fig. 5), con Cisnes y co., 2024 (Fig. 6), dicha relación comienza a ser esclarecida. En la naturaleza, lo múltiple se muestra bajo muchos aspectos y ropajes. De este modo, mientras que en un caso lo múltiple se presenta al interior de un contenedor como peces que flotan en el agua; en el otro, lo múltiple surge de dos maneras: por un lado, como aves que vuelan sin ninguna restricción, pero, por otro, como una duplicación del cisne. En ese sentido la transparencia como recurso pictórico queda asociada al agua y hace posible el dinamismo de los peces, mientras un juego de espejo simétrico da lugar a otra multiplicidad. En estas y otras pinturas de Conversaciones en el zoológico, lo múltiple en la naturaleza todavía exhibe una oposición entre arriba y abajo, e izquierda y derecha. Y esto en la medida que, por ejemplo, se distinguen los árboles y el peso determinado de ciertas entidades que cuelgan de las distintas ramificaciones y son parte de ese escenario. No obstante, esta distinción entre pesos desiguales puede quedar interpelada cuando la composición reclama una división, entre un adentro y un afuera. Así mismo, [U4.1]una irregularidad en la escala de tamaños de unos animales respecto de otros. Sin embargo, de una manera más radical, por así decir, las entidades múltiples están asociadas a los insectos. Y tal como se ha planteado desde el inicio de la exposición, los insectos juegan a dos perspectivas. Por un lado, son fuerzas que sancionan el inmovilismo y lo estático —como las moscas en El Rinoceronte, que lo acompañan en su encierro—, o, por otro lado, son dinámicos como los peces y las aves de las dos últimas piezas .

3.3 El animal como sujeto
 


Fig. 7. Elefante I, 2023, óleo sobre tela, 166 × 144 cm
Fig. 8. Elefante II, 2024, óleo sobre tela, 167 × 144 cm


Al comparar dos pinturas Elefante I, 2023 (Fig. 7), con Elefante II, 2024 (Fig. 8), es posible entrar en diálogo con un tipo de energía/agencia que el animal, de pronto, gana para sí. El elefante está sentado sobre un tronco podado de árbol, en una posición corporal reflexiva que parece citar, visualmente, a la famosa imagen del pensador de Auguste Rodin. Veamos las diferencias más notables. En el primer caso está la serpiente a sus pies; mientras que, en el segundo, en su reemplazo, está una lagartija cuya cola envuelve uno de los pies del animal . Otra diferencia interesante es que mientras el primero parece estar dormido, el segundo está despierto y nos está mirando. Además, una diferencia adicional es la puerta pequeña —con balaustrada incluida— a la derecha, la misma que funciona como un marco de delimitación entre interior y exterior: en Elefante I, esta nos lleva hacia una dimensión/realidad paralela, un azul desde donde vuelan hacia nosotros mariposas monarca. Sin embargo, para Elefante II, esa puerta ha sido retirada junto con todo lo demás. Pero el azul regresa como marco y límite de toda esta imagen, rodeado de hormigas. El efecto de distanciamiento que produce este repentino marco/borde azul, remite al borde de insectos de la pintura Rinoceronte, pero también a la cinta amarilla (con hormigas) que aísla a las figuras humanas de El Pato y constituye una suerte de aviso, una instancia que habla de un tránsito y un flujo, entre una imagen y otra, aun por aclarar. Los cambios que se aprecian no solo en la disposición de los elementos en cada pintura, sino también en aquello que es representado, indican una orientación y, en ese sentido, se construye una narrativa, de un momento a otro.

La hipótesis narrativa que manejo es que, luego de la retirada de la figura humana en las primeras pinturas, en donde la representación corresponde al proceso inicial de producción/creación de todo el conjunto Conversaciones en el zoológico, se pasa a un segundo momento en el que, como en el caso del Elefante I, su energía/agencia queda asociada a ciertos elementos irreales, acaso oníricos, como las mariposas. Es importante señalar que estas últimas entidades provienen de otra realidad/dimensión. Por último, desde este segundo momento, y esto es un rasgo importante, se pasa a otro contexto muy distinto al anterior, en donde se activa, por así decirlo, todo aquel universo. La exposición, de alguna manera, busca otorgarle voz a esta mirada de lo no humano. Dicha activación deja ver un buen número de entidades distintas, diminutas y liliputienses que, en ese mismo ámbito representado, surgen repentinamente: caballos, una garza, un gato, un gallo, otro elefante, etcétera. Resulta interesante, al comparar, observar qué ha sido reemplazado del universo onírico de entidades del Elefante I. Y lo que se ha ido es el sapo y las moscas —en el aire de su boca— para, en su lugar, proponer en Elefante II la activación de estos pequeños animales, pero también de muchas mariposas azules, como un asunto marginal. Si la diferencia entre ambos universos queda vinculada al azul, pero también la acción de la figura central, entonces, se podría decir que la clave tendría que estar en un cambio de estado del elefante: su ojo cerrado, luego, aparece abierto.

Otra vez: mientras en el primer universo, semejante al que vemos en la pintura del pato, todavía la retirada del sujeto humano no está completa y una pequeña puerta abre el juego hacia dimensiones irreales, acaso oníricas, a la vez que el elefante reflexivo parece estar dormido; en el segundo, ese tránsito se ha completado y ahora el gran animal nos mira. Derrida, quien acusa a los filósofos de negar la mirada del animal sobre el humano, también dice que, por el contrario, es otro tipo sujeto de enunciación quien favorece a este encuadre, otros los firmantes: «[…] que de entrada son poetas o profetas, en situación de ofrecer poesía o profecía, por parte de aquellos que confiesan hacerse cargo de la interpelación que el animal les dirige, antes incluso de tener el tiempo y el poder zafarse de aquella, de zafarse desnudos o en bata […]» (2008, p. 30). Derrida, incluso, analiza un par de versiones del Génesis para argumentar que, aún allí, los animales son creados primero y que es el hombre quien les coloca los nombres. En esa misma tradición articulada a la teología, solo Dios podría estar en ese origen y la melancolía del filósofo tendría que atribuirle alguna preminencia, aunque sin voz propia. Más aún, Moico Yaker le otorga voz y palabra al elefante, al invocar y citar a Plinio el Viejo (79 d. C.). Y, paradójicamente, en dicha voz y en pleno siglo XXI, no puede dejar de escucharse un eco posthumano: «Se atestigua que uno de ellos aprendió a escribir los trazos de las letras griegas y que solía escribir en palabras de esta lengua: “Yo mismo he escrito esto”» (Plinio el Viejo, 1995).

4. Conclusiones

a. La exposición Conversaciones en el zoológico plantea, desde el inicio, la problemática del encierro y enfrenta lo pesado a lo ligero, la tierra al aire, el interior al exterior. El rinoceronte todavía es una alegoría del ser humano.


b. En un segundo momento de la exposición, la presencia humana se retira y queda confinada a una marginalidad y lejanía, mientras el universo no humano, animal, se entroniza. Todavía en este momento hay presencias diversas, tanto de lo irreal como de ficciones de distinto tipo y el desplazamiento de sentido entendido como metonimia reemplaza, a veces, a la alegoría. Jacques Derrida plantea, como un síntoma, el hecho de que la filosofía occidental haya negado autonomía al animal y haya ignorado que, innumerables veces, somos mirados por ellos. Propone a la mirada del poeta y del profeta como una alternativa.


c. En un tercer momento, la pintura otorga energía/agencia al animal, no solo cuando nos mira, sino también cuando recrea un mundo distinto. Dicho universo no existe ni como un ecosistema ni como relaciones de jerarquía entre especies. La «multiplicidad» se traslada a las aves e insectos, a lo ligero y al aire; lo «uno» a lo pesado y terrestre; y, por último, lo dinámico al agua y los peces. Aunque estas alternativas se recomponen en cada pieza.


d. El elefante habla. Los peces del mar, los pájaros del cielo, el reptil que se arrastra en la tierra cobra vida como en una coreografía de manera que, al presenciar este universo, nos sobreviene una sensación de tiempo-de tránsito-que-se-alarga. El tiempo queda acaso suspendido entre interior y exterior, pero fluye cada vez que encuentra al agua, al aire o la tierra, según el caso. Se trata, más bien, de una celebración en la que el «Otro» surge con una voz singular, tan emotiva como libre de ataduras. Nos invita a imaginar una naturaleza acaso festiva y ficcional.

REFERENCIAS
Agamben, Giorgio. (2020). «Contagio». En Sopa de Wuhan. ASPO.

Barrón, Josefina. (2018). «Moico Yaker: brechas que se confabulan». Cosas [Revista, 15 de marzo de 2018]. En línea: https://cosas.pe/cultura/112005/moico-yaker-brechas-confabulan/ [Consultado: febrero de 2025]

Benjamin, Walter. (1972). «Algunos temas en Baudelaire». En Iluminaciones II: Baudelaire. Un poeta en el esplendor del capitalismo. Madrid: Taurus, pp. 123-170.

Buntinx, Gustavo. (1996). «Entre la tierra y el mundo: Moico Yaker 1986-1994». En Un pasado incompleto: Moico Yaker pinturas, 1986-1994 [Catálogo]. Monterrey: Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, pp. 17-45.

Derrida, Jacques. (2008). El animal que luego estoy si(gui)endo. Trotta: Madrid.

Guasch, Ana María. (1997). El arte del siglo XX en sus exposiciones (1945-1995). Barcelona: Del Serval.

Hatun Willakuy Versión abreviada del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. (2008). Lima: Comisión de entrega de la CVR.

Jameson, Frederic. (2006). Posmodernismo: la lógica cultural del capitalismo. Barcelona, Buenos Aires, México: Paidós.

Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. (1996). Un pasado incompleto: Moico Yaker pinturas, 1986-1994. Monterrey: Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, pp. 17-45.

Plinio el Viejo. (1995). Historia natural. Madrid: Gredos.

Thayer, Willy. (2007/8). «El giro barroco de G. Deleuze a W. Benjamin ». Archivos 2/3 [Revista de filosofía], Dossier: mímesis y política. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, pp. 93-119.

Watanabe, José. (1994). Historia natural. Lima: Peisa.